Game over… O no

Hace unas semanas Ixone Díaz, periodista que publica, entre otras, en la revista Mujer de Hoy me sugirió la posibilidad de colaborar en un artículo sobre cómo los videojuegos pueden (o no) afectar a las relaciones de pareja.

Uno de los objetivos era poder aclarar que ser aficionado a los videojuegos no tiene que ver con las adicciones y que las relaciones de pareja no tienen por qué verse afectadas negativamente si uno de sus miembros lo es.

Cuando hablamos de «gamers» nos referimos a personas (hombres y mujeres, cada vez más) que son aficionadas a los videojuegos y pueden perder la noción del tiempo, como quienes se enfrascan viendo películas o capítulo tras capítulo de una serie de Netflix o leyendo un libro. En ningún caso nos referimos a personas con conductas adictivas que afectan a todas las esferas de su vida (social, profesional, personal, familiar, etc.)

Como le comenté, los videojuegos son el nuevo fútbol, la pesca con mosca o la partida de mus con los amigos. Frases como “¡Qué juego más tonto el de la dichosa pelotita!”, “¿No estás cansado de perder el tiempo esperando a que piquen en tu anzuelo?”, “¡Sólo piensas en estar con tus amigotes!” han sido sustituidas por otras como “¿Ya estás jugando otra vez?”, “¡Pareces un crío!”, “¿Tus amigos y tú podíais no podéis quedar en la calle, como todo el mundo?”

 Y es que detrás de todo reproche suele haber una petición (algo así como “me gustaría que pasaras más tiempo en casa, conmigo, con tus hijos, haciendo cosas nuevas, etc.”), pero suele quedar enterrada bajo el tono de reprimenda y crítica poco constructiva que tanto aleja y estropea las relaciones.

Según un estudio que el investigador de la Universidad de Brigham Young (EE.UU.), Ramon B. Zabriskie, publicó en 2012 cuando la actividad no es compartida, causa insatisfacción en la pareja ya que el miembro no jugador siente que su pareja dedica más empeño y tiempo al videojuego que a la relación, mientras que, si ambos jugaban de forma conjunta o de mutuo acuerdo, la actividad pasaba a convertirse en algo satisfactorio para ambos.

Dada esta situación (que uno de los miembros de la pareja disfrute de los videojuegos y la otra parte sienta que interfiera en sus rutinas, vida diaria, intimidad, relaciones sexuales, familiares, de ocio, etc.) existen varias opciones:

1. Integrar – compartir

Las parejas pueden “contagiar” en el otro el interés o gusto por una actividad que antes desconocían o pensaban que no sería de su agrado. Pasa con películas, lugares turísticos, música, actividades deportivas, culturales… ¿por qué no iba a ser igual con los videojuegos?

Se trata de compartir e integrar a la pareja en la actividad. Cada son más los juegos cooperativos, aquellos en los que es necesario colaborar con otros jugadores para alcanzar los objetivos. Ésta podría ser una buena forma de introducir al otro en el disfrute del videojuego.

No necesariamente han de ser cooperativos. Hay otras parejas que disfrutan de la sana competición: puede ser jugando al ajedrez, a las cartas, debatiendo sobre algún tema o enfrentando a sus avatares en juegos de lucha o astucia.

Se puede, también, intentar compartir videojuegos que despierten cierto grado de nostalgia, es decir, aquellos a los que la pareja jugara siendo niño o adolescentes. Puede ser un punto motivador a la hora de hacer el intento de compartir esta actividad.

2. Negociar y llegar a acuerdos

Sin embargo, las parejas no tienen, necesariamente, que compartir absolutamente todo. De hecho, es más sano no hacerlo y que cada miembro tenga su espacio individual. ¿Es un problema que no se comparta el gusto por los videojuegos? No necesariamente.

El ocio individual es un problema cuando afecta o entorpece la vida diaria o rutinas de la pareja. Pero esto no es algo exclusivo de los videojuegos, puede pasar con cualquier otro hobby.

En estos casos lo más efectivo es negociar y llegar a acuerdos sobre cuánto y durante cuánto tiempo los videojuegos no serían un problema para la relación de pareja. Parte de mantener una relación de pareja funcional implica tanto renuncias como concesiones.

3. Reevaluar las prioridades de cada miembro

También cabe la posibilidad de que, ensayadas estas opciones, el problema siga sin resolverse. Es decir, que no se haya llegado a contagiar el disfrute por los videojuegos y/o que ninguna de las partes renuncie a su postura ante los mismos, ya sea a favor o en contra. En este caso, puede ser que la incapacidad de la pareja para flexibilizar y resolver el conflicto no sea más que un signo de otro tipo de dificultad más “profunda” en la relación. Es decir, que sea algo así como la punta del iceberg. En estas ocasiones, quizás no esté de más valorar la posibilidad de consultar con un terapeuta de pareja que ayude a la pareja a valorar si han llegado a un “game over” en su relación… o todavía les quedan más vidas y comodines.

Si quiere leer el artículo completo, puede hacerlo aquí.