El silencio ensordecedor

Desde pequeña tuvo una relación extraña con el silencio. Una relación de amor – odio. A ratos lo disfrutaba. En ocasiones hasta lo necesitaba. Otras, en cambio, le daba miedo porque le hacía sentirse sola. Temía quedarse sola. A solas, consigo misma.

Ahora entiende por qué la música siempre ha sido esencial en su vida. Era lo primero que hacía al entrar en casa desde bien pequeña: poner música. Primero en su indestructible reproductor Fisher Price hasta desgastar los cassettes, años después los vinilos que sonaban en la minicadena que le regalaron con quince años y, ahora, en cualquiera de los múltiples dispositivos tecnológicos con los que contamos.

No era sólo una costumbre familiar. Era algo más. Una herramienta, una salida, una solución que le permitía acallar algunos de sus pensamientos y huir o distraerse de algunas de sus emociones.

Sin embargo, con el paso de los años, el recurso ha perdido su fuerza. La música, su música, la banda sonora de su vida está impregnada de protagonistas, emociones y recuerdos. De modo que, sin querer, el silencio se ha ido haciendo más y más poderoso. Ya no consigue acallarlo cuando le habla, cuando le grita ensordecedor, de noche. Ya no hay silencio en su interior.

El silencio, inquisidor, le pregunta «¿Por qué te has rendido?» El silencio, cruel, le reprocha «¿Por qué no sigues luchando?» Entonces ella llora, abrazada a su almohada, como si ésta fuera una suerte de salvavidas, como si ésta pudiera evitar que naufragara entre la nostalgia del pasado, la tristeza del presente y el miedo al futuro.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosSilencio de febrero de 2018.

Desde el undécimo piso

Estaba asomada a la ventana del undécimo piso del edificio. A sus pies, la ciudad. La imagen le recordaba a una obra de Antonio López que había visto unos meses atrás. Sus pensamientos se vieron interrumpidos, como su respiración, cuando sintió cómo se abría la puerta de la habitación.

Percibió sus pasos acercándose; después su respiración, tan agitada como la de ella. Seguía muda e inmóvil. Él, más valiente, apartó suavemente su pelo del hombro mientras le susurró al oído un saludo cómplice. En ese momento una descarga eléctrica recorrió todo su cuerpo, que rápidamente fue superada por la que sintió con el beso que, sabia y traviesamente, él depositó en su cuello. Conocía sus puntos débiles. ¡Sabía tanto de ella…! Tanto como ella sabía de él.

Sin moverse, él acarició sus hombros con las manos con las que ella tantas veces había fantaseado. Los tirantes se rindieron, como ella hace unas semanas. Se dejo envolver por el abrazo sincero y sediento de él. Sintió su calor, su olor y su excitación. No había prisa, no había reglas. Sólo deseo.

A pesar de que el rubor aún cubría sus mejillas, ella se giró para sostener la mirada divertida de él. Siempre le había sorprendido la capacidad que ella tenía para despertar su ternura y lujuria al mismo tiempo.

El beso llegó. Pausado y tímido al principio. Húmedo y ardiente poco después. Aunque él siempre parecía muy seguro de sí mismo, ella percibió sus dudas. Conocía sus temores. Acarició su cuello y espalda mientras le ayudaba a quitarse la ropa.

La pasión reinó en la habitación durante las siguientes horas. Nada ni nadie les impidió disfrutar de sus fantasías, de todo lo que se habían dicho y de lo que aún no habían podido compartir.

Dicen que no hay nada peor que las expectativas, pero sus cuerpos, su deseo, sus caricias y el placer encajaron como lo habían hecho sus palabras durante los últimos meses.

Es increíble que todo empezara con un intercambio de tarjetas…


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosTarjetas de diciembre de 2017.

La imagen que acompaña al relato es una obra del pintor manchego Antonio López. “Madrid desde las Torres Blancas” (1976)

 

Diminuto

El bulto es diminuto. Desde fuera ni siquiera se nota. Sólo quienes se aproximan mucho a ella pueden darse cuenta y, la mayor parte de las veces, debe hacerlo explícito para que lo perciban. Continuar leyendo “Diminuto”

La cerradura

Desde que tenía memoria era consciente de su existencia. También de que no debía hablarse de ella. No podía preguntar qué se escondía detrás, por qué estaba ahí o qué tenía de malo acercarse.

– ¡No se toca! – le decía su madre, mientras le apartaba, suave pero firmemente, la mano.
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El final de la espera

Era un frío domingo de noviembre. Las pequeñas llevaban todo el día esperando, impacientes, la vuelta de sus padres. Tenían todo preparado para la fiesta de bienvenida. Habían preparado unos sándwiches y cortado fruta. También les había dado tiempo a confeccionar la pancarta — una nueva, cada vez — y de hacer los dibujos prometidos. No les costó mucho: les encantaba dibujar. Continuar leyendo “El final de la espera”