Orgas(mitos)

El libro que, gracias a Laura y Oihan de Next Door Publishers, he escrito con tanta ilusión… ¡Ya está aquí!

El sexo. Tan polisémico. La sexualidad. Tan amplia y compleja. Tan humana y, a la vez, tan escondida y reprimida. Tan llena de mitos, miedos, vergüenzas y desinformación que no siempre podemos vivirla plena y libremente.

Tan reducida a las relaciones sexuales, la profilaxis y la (anti)concepción que no siempre podemos verla en toda su magnitud. Tan maravillosa y “mal educada” que ayudar a descubrirla, respetarla, valorarla y disfrutarla se ha convertido en parte esencial de mi profesión.

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Game over… O no

Hace unas semanas Ixone Díaz, periodista que publica, entre otras, en la revista Mujer de Hoy me sugirió la posibilidad de colaborar en un artículo sobre cómo los videojuegos pueden (o no) afectar a las relaciones de pareja.

Uno de los objetivos era poder aclarar que ser aficionado a los videojuegos no tiene que ver con las adicciones y que las relaciones de pareja no tienen por qué verse afectadas negativamente si uno de sus miembros lo es.

Cuando hablamos de «gamers» nos referimos a personas (hombres y mujeres, cada vez más) que son aficionadas a los videojuegos y pueden perder la noción del tiempo, como quienes se enfrascan viendo películas o capítulo tras capítulo de una serie de Netflix o leyendo un libro. En ningún caso nos referimos a personas con conductas adictivas que afectan a todas las esferas de su vida (social, profesional, personal, familiar, etc.)

Como le comenté, los videojuegos son el nuevo fútbol, la pesca con mosca o la partida de mus con los amigos. Frases como “¡Qué juego más tonto el de la dichosa pelotita!”, “¿No estás cansado de perder el tiempo esperando a que piquen en tu anzuelo?”, “¡Sólo piensas en estar con tus amigotes!” han sido sustituidas por otras como “¿Ya estás jugando otra vez?”, “¡Pareces un crío!”, “¿Tus amigos y tú podíais no podéis quedar en la calle, como todo el mundo?”

 Y es que detrás de todo reproche suele haber una petición (algo así como “me gustaría que pasaras más tiempo en casa, conmigo, con tus hijos, haciendo cosas nuevas, etc.”), pero suele quedar enterrada bajo el tono de reprimenda y crítica poco constructiva que tanto aleja y estropea las relaciones.

Según un estudio que el investigador de la Universidad de Brigham Young (EE.UU.), Ramon B. Zabriskie, publicó en 2012 cuando la actividad no es compartida, causa insatisfacción en la pareja ya que el miembro no jugador siente que su pareja dedica más empeño y tiempo al videojuego que a la relación, mientras que, si ambos jugaban de forma conjunta o de mutuo acuerdo, la actividad pasaba a convertirse en algo satisfactorio para ambos.

Dada esta situación (que uno de los miembros de la pareja disfrute de los videojuegos y la otra parte sienta que interfiera en sus rutinas, vida diaria, intimidad, relaciones sexuales, familiares, de ocio, etc.) existen varias opciones:

1. Integrar – compartir

Las parejas pueden “contagiar” en el otro el interés o gusto por una actividad que antes desconocían o pensaban que no sería de su agrado. Pasa con películas, lugares turísticos, música, actividades deportivas, culturales… ¿por qué no iba a ser igual con los videojuegos?

Se trata de compartir e integrar a la pareja en la actividad. Cada son más los juegos cooperativos, aquellos en los que es necesario colaborar con otros jugadores para alcanzar los objetivos. Ésta podría ser una buena forma de introducir al otro en el disfrute del videojuego.

No necesariamente han de ser cooperativos. Hay otras parejas que disfrutan de la sana competición: puede ser jugando al ajedrez, a las cartas, debatiendo sobre algún tema o enfrentando a sus avatares en juegos de lucha o astucia.

Se puede, también, intentar compartir videojuegos que despierten cierto grado de nostalgia, es decir, aquellos a los que la pareja jugara siendo niño o adolescentes. Puede ser un punto motivador a la hora de hacer el intento de compartir esta actividad.

2. Negociar y llegar a acuerdos

Sin embargo, las parejas no tienen, necesariamente, que compartir absolutamente todo. De hecho, es más sano no hacerlo y que cada miembro tenga su espacio individual. ¿Es un problema que no se comparta el gusto por los videojuegos? No necesariamente.

El ocio individual es un problema cuando afecta o entorpece la vida diaria o rutinas de la pareja. Pero esto no es algo exclusivo de los videojuegos, puede pasar con cualquier otro hobby.

En estos casos lo más efectivo es negociar y llegar a acuerdos sobre cuánto y durante cuánto tiempo los videojuegos no serían un problema para la relación de pareja. Parte de mantener una relación de pareja funcional implica tanto renuncias como concesiones.

3. Reevaluar las prioridades de cada miembro

También cabe la posibilidad de que, ensayadas estas opciones, el problema siga sin resolverse. Es decir, que no se haya llegado a contagiar el disfrute por los videojuegos y/o que ninguna de las partes renuncie a su postura ante los mismos, ya sea a favor o en contra. En este caso, puede ser que la incapacidad de la pareja para flexibilizar y resolver el conflicto no sea más que un signo de otro tipo de dificultad más “profunda” en la relación. Es decir, que sea algo así como la punta del iceberg. En estas ocasiones, quizás no esté de más valorar la posibilidad de consultar con un terapeuta de pareja que ayude a la pareja a valorar si han llegado a un “game over” en su relación… o todavía les quedan más vidas y comodines.

Si quiere leer el artículo completo, puede hacerlo aquí.

¿Se nos rompió el amor de tanto usarlo? Mi última colaboración en Eslang

Aunque esta colaboración tiene ya algunos meses, os la dejo por aquí porque, para bien o para mal, es un tema que nunca pasa de moda.

  • ¿Es mejor dejar o ser dejado?
  • ¿Es lo mismo amor que enamoramiento?
  • ¿Qué se puede hacer si ya no sientes lo mismo?

Acerca de estas cuestiones nos preguntó la periodista Celia Marín a mi colega Sonia García y a una servidora. Si quieres conocer las respuestas, pincha aquí.

Y recuerda que, en cuestiones de terapia de pareja, lo importante es tener un final feliz o… un feliz final.

De armadillos y erizos. Estilos comunicativos.

Si tienes la mala suerte de conocerme, personal o profesionalmente, sabes bien que soy una firme defensora de la comunicación y, en especial, de la comunicación explícita, sincera, respetuosa y asertiva (no confundir con el sincericidio: la sinceridad empleada sin tener en cuenta el impacto en el otro, es decir, sin empatía).

El objetivo de este post es intentar transmitir la relevancia que tiene la comunicación en las relaciones personales porque, lamento decirte que, la telepatía no existe. Además, los elementos que intervienen en la comunicación son más y bastante más complejos que los que nos contaron en la asignatura de Lengua en el colegio (pero esto lo dejaremos para otra ocasión, que me emociono y acabo escribiendo un libro en vez de un breve artículo).

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Amor, comunicación y «te quieros»: mi colaboración en un artículo de Eslang

Hace unas semanas Cecilia Marín contactó conmigo para conocer mi opinión profesional como psicóloga y terapeuta de pareja acerca de la importancia que tienen esas 8 letras en las relaciones afectivas. Te quiero. ¿Qué significa? ¿Qué implica? ¿Qué hacer si nos lo dicen? ¿Qué hacer si no sentimos lo mismo?

“Los sentimientos se tienen, no se fuerzan ni se razonan”, justifica Morán. “Si no correspondes a la persona que te lo dice, no es culpa de nadie. La comunicación explícita, pero cuidadosa con los sentimientos de la otra persona es la mejor herramienta para entendernos”.

Podéis leer el resto del artículo, en el que también participa la psicóloga Sonia García, en el siguiente enlace: ¿Por qué es tan importante decir te quiero (si es que lo es)?

¿Todas las actividades de ocio compartidas en pareja son buenas para la relación?

Según la investigación publicada en la revista Journal of Social and Personal Relationships compartir el ocio televisivo puede mejorar la convivencia y la relación de pareja ante la falta de una red común de amistades. De éstas y otras conclusiones se hizo eco Kristin Suleng en su artículo del pasado fin de semana en la sección Buena Vida de El País. Tuve la suerte de poder participar en él aportando mi punto de vista como psicóloga y terapeuta de pareja.

Otra de las cuestiones que se planteaban es si los resultados arrojados por la citada investigación eran extrapolables al resto del ocio compartido en pareja.

¿Todas las actividades de ocio compartidas en pareja son buenas para la relación?

Seguramente sí, pero con matices. Un elemento que debe estar siempre presente en cualquier actividad compartida en la pareja es el consenso. Algo que las parejas en demasiadas ocasiones no sabemos hacer bien es negociar y llegar a él. Según mi experiencia profesional, dos tercios de los casos de terapia de pareja que recibo en consulta tienen problemas de comunicación. Dificultades que se reflejan en su vida sexual, en la educación de los hijos, en las relaciones con las familias políticas o en la gestión del tiempo de ocio, tanto compartido como individual.

Por eso no podemos dar por sentado que toda actividad compartida es beneficiosa. Lo será siempre y cuando sea consensuada. No conviene que sea siempre el mismo miembro de la pareja quien se resigne, ceda o renuncie ya que eso genera resentimiento y contamina el vínculo y el afecto de la pareja. Por este motivo, es conveniente que todas las actividades de ocio o entretenimiento realizadas en pareja sean consensuadas y equilibradas para que puedan ser beneficiosas no sólo para un miembro de la pareja, sino para la relación.

Acerca de si son igual de beneficiosas otras actividades de entretenimiento en pareja, en mi opinión sí siempre y cuando cumplan con dos condiciones: acuerdo en la pareja para llevarlas a cabo y que sean satisfactorias y placenteras.

 

¿Qué aporta a la relación de pareja compartir el ocio televisivo?

Como veis, las reflexiones que hay detrás del artículo publicado por Kristin Suleng en la sección Buena Vida de El País el pasado fin de semana han dado para mucho. No sólo hablamos de por qué mejora la relación, sino también sobre los aspectos en los cuales se perciben esos beneficios.

¿Qué aporta a la relación de pareja compartir el ocio televisivo?

Favorece la cohesión y sentido de pertenencia de la pareja. Realizar una actividad juntos y en exclusividad refuerza la identidad de la pareja: el «nosotros». Aunque, como mencionaré más adelante, el «nosotros» nunca debe engullir al «yo» y el «tú».

También favorece el compromiso y la confianza. En estos casos, lo habitual, es acordar no avanzar en los capítulos de la serie o la película sin estar los dos juntos e intentando elegir un día que se adecue lo mejor posible a la agenda de ambos.

Por otro lado, puede ser una estupenda oportunidad para que las parejas aprendan a comunicarse y llegar a acuerdos de forma más funcional y sana. Les puede servir como entrenamiento para desarrollar habilidades comunicativas como la asertividad (ser capaces de defender nuestros derechos y deseos respetando los del otro) , de forma que ya sepan cómo hacerlo en situaciones más tensas o peliagudas como la educación de los hijos, la administración del presupuesto familiar o cómo pasar las Navidades.

La comunicación, además, no será sólo necesaria para decidir qué ver, sino también para debatir sobre lo visto. Por ejemplo, si ambos ven «Juego de Tronos» es posible que no sientan simpatía por los mismos personajes, quizás uno sea partidario de John Nieve mientras que el otro prefiera que la Reina de Dragones los gobierne a todos.

Siguiendo con esta idea, también puede ser una buena ocasión para entrenar la tolerancia y el respeto, para aprender que no es necesario, como pareja, estar de acuerdo en todo ni compartir todos los gustos. Una vez compartida una película o una serie puede que a uno le haya gustado más que al otro. Es posible que deban acordar terminar de ver la serie por separado (porque a uno de ellos no le haya gustado) sin que eso implique poner en tela de juicio la unión de la relación, el amor del otro ni la identidad de la pareja. Una de los mitos del amor romántico reza que dos personas que se aman deben tener el mismo pensamiento; que cuando dos personas se quieren el yo debe dejar paso al nosotros, etc. Ideas erróneas como ésta sobre el amor y las relaciones dificultan que algunas parejas funcionen adecuadamente. Ver la televisión juntos, insisto, puede crear un escenario poco peligroso para ensayar nuevas actitudes frente al amor, menos orientadas al fusionarse y más al compartir.