¿No follamos porque no queremos?

Perdóname que sea tan incisiva en el título pero si no es así no te pasas ni a saludar, que nos vamos conociendo. Creo que, ahora, a esto lo llaman «hype». Mis disculpas anticipadas si te decepciono…

Hoy quería contarte lo que, en algunas ocasiones, hay «detrás» de la falta de motivación para tener relaciones sexuales con la pareja.

Seguro que en más de una ocasión has oído (o, incluso, dicho) un «no tengo tiempo» o un «estoy muy cansad@». Pueden parecerlo, pero no son excusas. Has leído bien: no lo son. Ahora mismo te imagino enarcando una ceja y pensando que lo son porque «si de verdad quieres, lo consigues», porque «cuando quieres a alguien, haces un esfuerzo» y Mr Wonderfuleces similares e igual de… inexactas.

En más de una ocasión y en más de una terapia de pareja me encuentro con personas que tienen ganas de (volver a) tener relaciones sexuales con su pareja, ganas sinceras y explícitas, pero… no lo consiguen. Según dicen, el deseo no les «viene».

Y aquí está el quid de la cuestión. El deseo consiste en imaginar, anticipar. El deseo sexual, erótico, hedonista, no es instintivo. Muchas especies animales, entre ellas los humanos y, por ejemplo, los delfines, tienen relaciones sexuales sin que el objetivo sea la reproducción. Así que no debemos esperar a que el deseo «venga» como la sed, el hambre o el sueño (señales de conductas instintivas como beber, comer y dormir). ¿Por qué no? Porque, lo siento, caballeros, pero podemos vivir sin follar. Puede ser una vida más triste y aburrida, pero… no te mueres. Y es en este sentido en el que digo que no es «instintivo».

Vuelvo, que me voy por las ramas. El deseo. Como te decía es imaginar, anticipar una situación placentera. Y aquí es donde, a veces, viene el problema. Muchos de mis pacientes, especialmente féminas, se imaginan lo siguiente:

Ya son las once y media de la noche y mañana madrugón. Creo que éste quiere mambo porque está muy meloso. ¿Y… ahora? Si estoy muerta. Entre que se mete en la cama, empezamos a besarnos, acariciarnos, se la chupo un poco y él a mí (mejor no, que no me he duchado), las tres posturas de siempre (aunque igual le digo que la del perrito no, que me duele la espalda) y demás… antes de las doce y media no me habré dormido. Espero no tener que fingir esta vez ¡Cómo se le ocurre ahora, si no tenemos tiempo!

(Casi) literal. Claro, ante esta situación imaginada y anticipada (aunque sea basada en hechos reales) es normal que ganas, lo que se dice ganas, no te entren. Es entonces cuando les planteo a mis pacientes que imaginen otro guión, otra peli. ¿Siempre han de ser las mismas posturas? ¿En el mismo orden? ¿Durante el mismo tiempo? ¿Siempre hay que penetrar? ¿Qué pasaría si se besan y se masturban mutuamente? ¿O si se besan y se acarician mientras cada uno se masturba? ¿Por qué siempre que imaginamos una relación sexual parece un triatlón del tipo Iron Man para el que necesitas hora y media y la energía equivalente a 4 tazas de café? Es tan exagerado y rígido como imaginar que cada comida del día tiene que ser como la cena de Nochebuena. ¿Te imaginas?

Teniendo en cuenta los colegios sexuales en los que nos hemos (mal)educado, a saber: el porno y las pelis románticas, no es tan extraño que nos montemos estas innecesarias y agotadoras ficciones que no hacen sino debilitar la libido en la vida cotidiana.

Y esto, querid@, es lo que hay que cambiar. Si imaginamos, fantaseamos, evocamos y compartimos una relación sexual ajustada a nuestros deseos y recursos del momento, será mucho más motivador, sencillo y placentero llevarla a cabo.

Prueba y, si quieres, me cuentas.