El silencio ensordecedor

Desde pequeña tuvo una relación extraña con el silencio. Una relación de amor – odio. A ratos lo disfrutaba. En ocasiones hasta lo necesitaba. Otras, en cambio, le daba miedo porque le hacía sentirse sola. Temía quedarse sola. A solas, consigo misma.

Ahora entiende por qué la música siempre ha sido esencial en su vida. Era lo primero que hacía al entrar en casa desde bien pequeña: poner música. Primero en su indestructible reproductor Fisher Price hasta desgastar los cassettes, años después los vinilos que sonaban en la minicadena que le regalaron con quince años y, ahora, en cualquiera de los múltiples dispositivos tecnológicos con los que contamos.

No era sólo una costumbre familiar. Era algo más. Una herramienta, una salida, una solución que le permitía acallar algunos de sus pensamientos y huir o distraerse de algunas de sus emociones.

Sin embargo, con el paso de los años, el recurso ha perdido su fuerza. La música, su música, la banda sonora de su vida está impregnada de protagonistas, emociones y recuerdos. De modo que, sin querer, el silencio se ha ido haciendo más y más poderoso. Ya no consigue acallarlo cuando le habla, cuando le grita ensordecedor, de noche. Ya no hay silencio en su interior.

El silencio, inquisidor, le pregunta «¿Por qué te has rendido?» El silencio, cruel, le reprocha «¿Por qué no sigues luchando?» Entonces ella llora, abrazada a su almohada, como si ésta fuera una suerte de salvavidas, como si ésta pudiera evitar que naufragara entre la nostalgia del pasado, la tristeza del presente y el miedo al futuro.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosSilencio de febrero de 2018.