Sin ti, papá. Otro año más.

Hoy ya se cumplen 25. Sólo es un número. Una cifra para cuantificar el tiempo sin ti, el pasado desde tu muerte siendo yo todavía una niña.

Incredulidad. Es una de las primeras emociones que recuerdo haber sentido. ¿Cómo podía ser? Unos días antes estabas en casa. Malito, como nos decían los mayores sin más explicaciones, pero en casa. Te fuiste a una revisión. Rutinaria. La última. ¿Cómo podía ser? Nunca he podido recordar qué fue lo último que te dije. No creí que fuera necesario. Nunca imaginé que fuera a ser la última vez.

Tristeza. Bea y yo éramos pequeñas, pero lo suficientemente mayores como para entender la irreversibilidad de la muerte. Jamás volveríamos a verte sentado en el salón, con tus gafas puestas, leyendo, con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda. No volverías a hacernos rabiar, ni reír, ni a llamarnos microbios. Tampoco volverías a responder a mis preguntas, frecuentes, impacientes, de niña curiosa. Todo lo sabías. Tanto te admiraba. Tanto te quería.

Rabia. ¡Cuánta gente mala había en el mundo, a los ojos de una niña, que merecían morir más que su papá! ¿Cuántos no querían a su padre? ¿Cuántos no lo necesitaban ya? No era justo. Estuve enfadada. Con todo. Con todos. No era justo. No merecías morir. No merecíamos perderte.

Incomprensión. Recuerdo a Gotzon, el cura amigo de la familia, con quien tantas horas habías discutido amigablemente sobre la (imposible e irracional) existencia de Dios. Aquel día vino a casa, vino a decirnos que ese dios te había llevado con él porque tu “labor en la Tierra había acabado”. ¿Cómo podía ser tan malo ese dios? ¿Cómo podía haber decidido que ya no te necesitábamos? ¿Cómo podían los mayores conformarse con esa mierda de explicación? También recuerdo las palabras de aliento de personas que, aunque lo intentaban, no sabían calmar mi dolor. “El tiempo lo cura todo”, decían. Sigo sin estar de acuerdo. ¿Y mis amigos del cole? Pobrecitos. No sabían ni qué decirme. Alguno se atrevió a preguntarme cómo estaba. Ahora sé que ése fue un gesto valiente.

Miedo. A que mamá también muriese. ¿Por qué no? Te había pasado a ti. A ti que nunca habías tenido ni una gripe. Ese mismo año te habían dado una placa conmemorativa por los 25 años trabajando en Iberduero. Que nunca te habías cogido una baja decían tus compañeros. Había más miedos. Igual de aterradores. Tenía miedo a olvidarme de ti, de tu voz, de tu cara. Atesoraba todo lo que en casa quedara que fuera tuyo. Me aferraba a tus libros, a las prendas que aun olían a ti. ¡Tus relojes! Me acuerdo que mamá me dejaba ponerme alguno en casa, aunque me quedaran tan grandes que podían servirme de brazalete. No quería olvidarte. No podía olvidarte.

Responsabilidad. Era la hermana mayor. Mamá se había quedado sola. Tenía que ayudarla, apoyarla, no darle problemas. Tenía que portarme bien. Aprendí, sin querer, a hacer algunas de las cosas que hacías tú: sacar fotos, grabar con la cámara, programar el vídeo… Al principio me sentía orgullosa de ser capaz. Hasta que me daba cuenta de por qué tenía que aprenderlo. Hasta que me daba cuenta de que no eras tú quien me lo había enseñado en esa ocasión.

Nostalgia. Me gustaba verte en las fotos, en los vídeos. En estos sólo se te oía. Eras el cameraman. No te gustaba mucho salir en ellos. Jamás volveríamos a tu despacho, ni a buscarte a la salida del trabajo para darte una sorpresa. Recuerdo que solía correr a abrazarte cuando salías por la puerta de un edificio que ya tampoco existe. Me esquivabas justo cuando estaba a punto de llegar para, acto seguido, abrazarme tú.

Estas emociones se han repetido durante todos estos años, con más o menos intensidad. Siempre te echo de menos y sé que eso no va a cambiar. Tampoco me importa ya porque sé lo que significa: que eras el mejor papá que podía existir para mí. Significa que en los 11 años que pudimos compartir me ayudaste, junto con mamá, a crecer sintiéndome segura, apoyada, respetada, cuidada, valorada, animada, comprendida y… querida. Sobre todo, querida.

Orgullo y alegría. Me siento afortunada por haberte tenido en mi vida. Me siento infinitamente feliz cuando reconocen en mí gestos tuyos. Me siento orgullosa de haber tenido un padre digno de ser llorado, celebrado, recordado. Aunque te eche de menos, aunque ahora aún te llore, me siento contenta por saber lo que significa: que no pudo haber mejor papá para mí.

Sé dónde estás. En mis recuerdos y, ahí, te quiero, papá.