La cerradura

Desde que tenía memoria era consciente de su existencia. También de que no debía hablarse de ella. No podía preguntar qué se escondía detrás, por qué estaba ahí o qué tenía de malo acercarse.

– ¡No se toca! – le decía su madre, mientras le apartaba, suave pero firmemente, la mano.

Aprendió a ignorarla. En parte porque temía la reacción de sus padres y también porque empezó a dudar de las bondades que, tras ella, pudieran ocultarse.

Sin embargo los años no lograron silenciar la intriga que aún latía en su infantil recuerdo. Cuando aprendió que podía saltarse las normas y que nada pasaba si nadie se enteraba, se animó a explorar. Al hacerlo, emociones encontradas se arremolinaban en su estómago y se extendían por su cuerpo. La vergüenza y el temor ante la posibilidad de ser pillada; la curiosidad por desvelar el misterio; el miedo a descubrir algo que no le gustara o le causara dolor; la inocente impaciencia alimentada por años de querer saber; la correosa culpa por infringir las normas…

Inocencia, curiosidad, temor, culpa. Huida.

Curiosidad, temor, culpa. Huida.

Temor, culpa. Huida.

Los años siguieron pasando. Ya era mayor. Vivía sola. Ya no era posible una reprimenda. Sin embargo, el temor y la culpa seguían presentes en su mente cuando se acercaba a ella. Incluso cuando, simplemente, pensaba en ella.

A sus ojos no era un problema en realidad. Se convenció de que podía vivir sin saber, no necesitaba conocer los secretos que se escondían tras ella. Tenía un buen trabajo y una estupenda vida social. No podía haber nada ahí que ella pudiera desear o necesitar, puesto que nada echaba de menos.

Temor, culpa. Autoengaño.


Ésta es la relación que muchísimas mujeres mantienen con una de las partes más fascinantes de su cuerpo: la vulva. La desinformación y la mala educación basada en pilares tan poco saludables como el temor, la vergüenza y la culpa hacia nuestros genitales y nuestra sexualidad hacen que muchas mujeres no sólo no vivan y disfruten de su cuerpo con curiosidad, deseo y libertad, sino que sea fuente de frustración, sufrimiento, e incluso, dolor.

Confío en que con el tiempo, la información y la formación adecuadas, todas podamos explorar y compartir, si así lo deseamos, todo lo que se esconde detrás.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosCerraduras de abril de 2017.