El final de la espera

Era un frío domingo de noviembre. Las pequeñas llevaban todo el día esperando, impacientes, la vuelta de sus padres. Tenían todo preparado para la fiesta de bienvenida. Habían preparado unos sándwiches y cortado fruta. También les había dado tiempo a confeccionar la pancarta — una nueva, cada vez — y de hacer los dibujos prometidos. No les costó mucho: les encantaba dibujar.

Se estaban retrasando más que en otras ocasiones. Como les pasa a todos los hermanos, les había dado tiempo ya de jugar, pelearse y también de aburrirse. A pesar de que ese día había en su casa más personas de lo habitual, no fue entretenimiento suficiente para aliviar su espera.

Por fin, a última hora de la tarde, oyeron al ascensor detenerse en su planta. Abrieron la puerta sin que su abuela pudiera detenerlas, cubrieron a su madre de besos y abrazos.

— ¿Dónde está papá? ¿Abajo, en la ambulancia? ¿Podemos bajar, mamá, por favor? ¿Nos dejas? — preguntaban ansiosas mientras revoloteaban a su alrededor.

Empujando con cariño y suavidad sus pequeñas espaldas, a la vez que esquivaba responder a sus preguntas, la madre guió a las nenas hasta el salón de la casa. En ese breve trayecto intentó esconder su mirada, hundida y sin vida, de la de sus hijas, quienes seguían preguntándole con sus ojos dónde estaba su padre.

No sin esfuerzo consiguió que se sentaran a su lado en el sofá del salón. Las tres solas. Seguramente, en su viaje de vuelta desde Pamplona, la mujer había tenido tiempo para pensar en cómo decírselo a las niñas; quizás no fue así como lo planeó.

— ¿Os acordáis de cuando este verano papá y yo os estuvimos hablando sobre la muerte? — les preguntó con un hilo de voz, mientras contenía las lágrimas.

No hizo falta decir nada más. Las dos hermanas, a pesar de su corta edad, cruzaron sus miradas en el regazo de su madre y comprendieron que su papá no estaba abajo, en el garaje. Comprendieron que a pesar de los viajes que habían hecho para que le curaran esa rara enfermedad acerca de la cual nadie quería hablarles, su papá no iba a volver.

Mañana se cumplirán 24 años de ese sombrío día y, aunque intento evitarlo, te sigo esperando, papá.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosEspera de noviembre de 2016.